Soltar las anclas

Soltar las anclas: itinerario de un encuentro

Víctor Bermúdez


A mi madre, la más leal lectora

«Una revista es un grupo de personas que aman u odian algo en común,

el resto es antología».

Jorge Luis Borges

​Levantar los remos deja una sensación extraña en los brazos. Después de cuatro años de peripecias, los músculos se quedan acostumbrados al vértigo que impone la creación en todos sus lenguajes, llegando a cuenta gotas a tu inbox desde Montevideo por las noches y desde Barcelona por las mañanas. Una sensación de oportunidad abierta que sólo se asemeja al pitido del árbitro que autoriza el penalti. En Periplo, la labor de creación conjunta, producción conceptual, gestión cultural y diplomacia internacional han dejado a favor la plasticidad de lenguajes artísticos en una plataforma que se propuso siempre como quirófano de la creación y del pensamiento. En ella han confluido, a lo largo de su trayectoria, más de doscientos cincuenta creadores de Europa y América. Ahora, después de veinticuatro volúmenes publicados con puntualidad suiza, entre febrero de 2010 y diciembre de 2013, es momento de soltar las anclas y concluir un recorrido colectivo, no sin antes reconstruir el itinerario de un inmenso encuentro.

Es cierto que muy pronto en Periplo se cristalizaron las ingenuas inquietudes de un espíritu humanista, interdisciplinar, que buscaba no sólo diversos enfoques para abordar sus preocupaciones, sino también distintos lenguajes. No era una búsqueda de multiplicidad, de cubismo totalizante sobre las cosas, sino una cuestión de códigos, la pregunta inconsciente era: ¿cómo nos habla el mundo? Periplo empezó, como todas las publicaciones, buscando respuestas e intentando cambiar el mundo, y ha llegado a contentarse con una clarificación de la pluralidad de percepciones que ocurren en él. Pero esa consciencia de las percepciones posee en sí misma la asunción de las pluralidades del mundo y sus matices. Estábamos sin saberlo inmersos en el proceso de un desarrollo creativo e intelectual colectivo. Y quizás esa sea la palabra clave de Periplo: proceso.

​La creación se comportó siempre como un continuum, como una búsqueda de reconciliación entre diversos códigos que regían nuestra forma de entender la historia y la vida. Una negociación que en el peor de los casos nos introducía en el difícil malabarismo de los egos de los artistas, y en las ocasiones más afortunadas producía el encuentro de dos creadores que latían al mismo ritmo en torno a una inquietud. El cálculo de posibilidades era infinito porque al hecho mismo de hablar de algo en un lenguaje específico (imagen, palabra o sonido) y bajo las restricciones propias de una publicación (coherencia, organización, límites, plazos) se añadía el no menos complejo de la personalidad, del feeling invisible pero constatable que podría o no suceder entre la creación de uno y de otro. Y, además, al interior de una dinámica ecléctica y vertiginosa que venía impuesta por la plataforma misma. Todo ocurría, pues, en la obra.

VanGo

Era además un encuentro digital que producía un contacto real. Entre Mexicali, en el norte de México, y Montevideo, o bien desde Roma hasta Málaga, sucedía todo con una dislocación del tiempo que añadía la sensación de proceso infrenable y reforzaba la idea de un continuum. Esta distancia geográfica y temporal fue tragedia y enriquecimiento, sobre todo cuando el tiempo pasaba y las personas entraban y salían de la publicación sin haberse jamás localizado. Nunca el equipo completo de Periplo pudo verse las caras en un bar. Skype, como siempre dijimos, fue nuestro lugar de encuentro y Dropbox nuestra mesa de trabajo. Naturalmente, esto reforzaba una lejanía en donde lo ajeno era una sensación imperante entre el equipo, incluso durante años. Pero esta extrañeza era mitigada por el descubrimiento de algo profundamente íntimo y privado: la creación del otro. Tener en las manos el ensayo o la obra de otro artista, ya sea para modularla, corregirla, ilustrarla o musicarla, equivalía a tener un acceso inmediato al individuo, a sus ideas y su organización interior. Este era el mayor privilegio posible frente a un ser desconocido, y se alimentaba también de esa supuesta extrañeza inicial. Debido a ella se tejía una complicidad que, porque era lejana, era fundamental para los creadores. Y no pese a su virtualidad, sino gracias a ella, Periplo fue por excelencia un espacio de encuentro, donde surgieron sinergias que rebasaron las fronteras de la publicación y produjeron incluso algunos felices (des)encuentros amorosos. Sucedió, en resumen, todo lo que ocurre cuando los humanos se acercan y hacen algo juntos, aunque no se vean.

Pero ante todo ocurrió la amistad. Periplo ha sido una cueva para desconocidos, un taller de creación y pensamiento que habría sido imposible sin la fuerza, el arrojo y la fe de personas que le dedicaron horas de esfuerzo intelectual y emocional, y en el proceso se hicieron amigos. En sus orígenes, el encuentro fue con Fernando Pittaro, que desde Buenos Aires vio nacer los astilleros y codirigió el primer año de largas travesías en las que no había brújula, ni mapa, ni embarcación. Cerca, Carlos Martínez-Rivera, puso los primeros clavos del Manual de estilo y colocó muy alto el listón de rigor y claridad que serían premisas de la revista, dejándose la piel en el camino. Ahí estuvo un experto hombre de tierra, Pablo Doratti, hurgando la lengua para dejarnos Aitía; y Joaquín Bilbao, con su presencia silenciosa y transparente desde el surgimiento de Cine-en-rama, su espíritu lacónico marcó un código de expresión en la proa de esta publicación. Periplo le debe a Luis Baeza Andreu la sonoridad clásica de Musicantropías, que alimentó con cuidado de alfarero y donde reconcilió desde el inicio fonemas y palabras. En un invierno, pronto, apareció Anaïs Egea, que infectó con su imaginación irreverente los genes de Papeles náufragos, la sección que siempre ha relatado desde el margen y desde el epicentro, y donde la ficción fue el mejor correlato del pensamiento analítico.

Desde el puesto de control de la paleta cromática, es imposible obviar la dulzura irrefutable de Isabel Talleda Guerrero, primero, y la electricidad metálica de Virginia Arigón, después, que condujeron al equipo de ilustración impregnándolo de temperamento. Es necesario agradecer a los miembros elefantes del elenco de artistas gráficos que se han mantenido con nosotros sin soltar el pincel desde el inicio, elaborando un itinerario de imágenes que es en el fondo una galería de esfuerzos. Sin sus trazos Periplo sería invisible: Mar Ample, y el pliegue de la naturaleza; Alejandra Fernández, la elegancia de la raíz y de la trascendencia; Germán Dotta, y la fisura de forma; Julieta Piaggio, la sombra diluida; Jenny Castellanos, y el veneno en la sonrisa; Gonzalo Aguirre, y su ángulo imprevisible; Daniela Tieni, o el cuerpo trágico-sereno; Giada Ricci, y el instante amplificado; Cristina Carmona, y la geometría de la estridencia. La lista es temeraria, pero todos los que se supieron parte de este equipo conocieron la humildad y el sacrificio de esta labor semiótica que no constituía una simple extensión de la palabra, sino que erigía en imagen un nuevo discurso y llegaba a donde la palabra no podía.

Pero no todo es vértigo fluido en un proyecto cultural que se sostiene en la dura ecuación de creadores más tiempo libre. En uno de esos momentos donde las aguas se calman para menguar el oleaje, apareció del desierto Trinidad Moliterno, que se entregó en mente, volumen y elegancia a la codirección del timón desde una ciudad enfurecida. Sin ella, Mano a mano no habría llegado a uña-a-uña, y no habría sido posible grabar e interrogar a muchísimas voces del mundo cultural argentino. Es a la irreverencia de sus rulos que Periplo le debe sus números más arriesgados, donde palpamos los límites y los vencimos. Gracias totales a su dedicación a pecho abierto y a su voz de terciopelo que hizo galopar con rabia a los caballos. Surgió por ese entonces el primer binomio en el Equipo de Corrección, donde Bego Ariza y Neila García articularon una revolución pasiva inundando de placer el laborioso arte de la corrección, de la sugerencia sutil pero definitiva. Bego cargó una antorcha de alegría y Neila fue luz en la palabra. Entre las arenas movedizas de la traducción, Claudia Toda dio un empuje desbordante y definitivo a Lenguas vivas, donde también Irene Gutiérrez Moncayo sembró su riguroso y delicado tratamiento de las sílabas. Todas ellas fueron la quinta tracción de un acelerador necesario en 2012, cuando la inspiración se había quedado sin alas, ni pienso, ni jaula.

La tripulación vigente, jamás reunida en carne viva en una única ocasión, es un híbrido geográfico, sonoro y colorido. Pero no toda la labor que se realiza es evidente a primera vista: el trabajo tras bambalinas no es sólo imprescindible sino además invisible, y porque invisible, fundamental. Detrás de la cortina se gesta, se corrige y se amplifica la creación, por eso Periplo le debe todo a los que no trabajan con el pincel o la pluma en la mano, pero sí al costado de palabra, la imagen o el sonido, otorgándoles la luz protagonista con su tacto. En la célula de este trabajo de humildad inconmensurable hay que contar a Enrique Sánchez Zapatero, que ha regulado con paciencia japonesa los divergentes volúmenes de los Audiotrayectos; a Beatriz Arribas de Frutos, que reformuló las claves de la imagen en la maquetación; a las provechosas adicciones tecnológicas de Sara Requero, que con gracia e inteligencia ha ido esparciendo nuestros recorridos por la red. Y también al entusiasmo refrescante de la correctora Miriam Fernández, en su búsqueda de afinación en el vocablo.

En el corazón del Equipo de Redacción al mando, Periplo buscó el equilibrio entre las operaciones del pensamiento analítico y las de la creación artística, e intentó también todos los puntos intermedios. Pero eso no fue resultado de la estructura de un proyecto editorial totalizante sino del mestizaje de personalidades que fueron conduciendo las escalas de la publicación, donde todos compartimos el gusto por la interdisciplinariedad que terminó siendo definitoria, pero que fue perfeccionándose muy lentamente. Apareció ahí la espontánea frescura de Cristina Aguilar, al mando de Musicantropías. Ha dejado cicatriz la vehemencia por el conocimiento que distingue a Helena Alonso, esa ancla irrompible e insaciable que llega hasta el fondo iniciático de todos los misterios de la historia: ella ha dirigido Nostos como la garra encima de la presa. Junto al garfio del ensayo histórico, Periplo buscó siempre una hoja arrastrada por el viento. Y fue soplando como Plumas libres encontró a José Agustín Haya de la Torre, que fue además elefante sabio y águila vigía. Gracias a él la poesía fue en Periplo serenidad en el timón.

Ha sido también maravilloso el Caleidoscopio multiforme que Yanire Fernández ha seleccionado con delicadeza y eclecticismo, y cuya fusión de cuerpo y cámara siempre produjo una estupefacción dentro del ojo. Por su parte, en la médula de la ficción, Joserra Ortiz condujo Papeles náufragos con la destreza y escrutinio del director técnico de fútbol, lo que ha producido el rincón más impredecible de esta revista. Su sed de pluralidad de miradas y voces narrativas le dio a Periplo la diversidad ecuánime de toda la ficción que cabe en un cuaderno de píxeles: había que captar todo lo que cupiera en el ojo. ¿Y qué hace la mirada sino seducir? Así  sucedió con la pluma de Nerea Oreja, que inyectó en Cine-en-rama una textura de lirismo sensual que nunca cometió fraude, y para quien deseo, disfraz, literatura, filosofía y beso fueron en realidad cine.

Pero fueron múltiples las presencias que llenaron de paz y de belleza la última etapa de Periplo. Sofía de Andrés Paradinas, que ha sido piedra angular del faro que vigila la palabra: su rigor y perspicacia fueron verdaderos espejos de su amor por el lenguaje. Ella representa la aspiración a la excelencia que siempre persiguió Periplo. Iván Méndez González renovó los radares de nuestra Gavia; desde ahí él comenzó a localizar las claves filosóficas de la poesía, con la altura, profundidad y sombra del verdadero poeta-pensador: dejó en su corto recorrido la intersección que traza el horizonte abierto por la brevedad. Amnistía para La nave vacía, cuyo espectáculo plastificó la escena cuando creíamos que Periplo lo había intentado todo. Llegó con Fernanda Iwasaki, y con ella también la luz y la sonrisa; un verdadero giro que nos mostró las leguas de viaje submarino que nos quedaban pendientes. Junto a ella el teatro fue un océano y Periplo un escenario de nuevas posibilidades.

Por último, los primeros, para quienes estas gracias salen del diafragma:

Daniel Ruiz Luján y su exquisito recinto de Legados, donde la elegancia y la fascinación dictaron la temperatura de la escritura. En ese laboratorio de pasiones francófilas y cinéfilas descifró las claves de la historia de Francia a través del noble género de la biografía. Hizo, en el fondo, una radiografía del gusto, del sentimiento, de la idea, que pulsan desde la profundidad de todos los humanos. Daniel fue el mejor ejemplo de la mezcla de pasión y disciplina que nutrió el espíritu de la publicación.

Violeta Gomis, una pacificadora de vidas y lenguajes, hizo en Aitía una minuciosa cirugía etimológica a todas las obsesiones de Periplo y tradujo con adecuación y belleza los pasajes más perdidos para hacer de la mitología una travesía hacia nuestro pasado. Violeta hizo que todo lo difícil pareciese más sencillo y por eso introdujo en la tripulación el valor de la épojé, de la suspensión reflexiva, de la tranquilidad.

Carolina Arrieta, la más intrépida en la palabra, nos llevó con Microtrayectos a las peripecias-turbo de la escritura breve, cuya asimilación se extiende lenta como el humo, que atravesamos sin rescate, ni cura, ni final. El espasmo fue con ella siempre dulce y eso la convirtió en la mirada más ágil de Periplo, aquella que descubría algo donde parecía que ya no podíamos decir más ni contemplar más posibilidades. Sus microrrelatos, sus ideas y su oxígeno fueron ante todo abejas en el aire buscando la nueva miel.

Verdadero enfermo de la belleza, Ángel Saiz dejó testimonio riguroso de una manera sencilla de acercarse a la complejidad del arte a través de Síndrome de Stendhal y Actualizarte, donde el arte fue siempre correlato elocuente de la vida. Gracias a él vida arte fueron entes cristalinas e indivisibles en Periplo. Esto porque Ángel fue siempre el más discreto cómplice, el hermano con el corazón más grande. Sin él esta embarcación no habría tenido remos, ni velas, ni mares que surcar.

Por último, Periplo fue también Salamanca, esa piedra iluminada que todos van tallando, a la que esta revista le debe los muelles, la madera y la bandera. A todos los amigos de Periplo, por ser bastión, motivo y duda, y también —por qué no— a todos los enemigos, que ayudaron a corregir las rutas y tropiezos.

Entre nostalgia y alegría, arrojamos aquí el ancla del barco para seguir remando en kayak, uno a uno en solitario, hasta lanzarnos a bucear al fondo de las aguas, donde los flotadores son inútiles y donde nos volveremos a encontrar, haciendo del caos génesis. Con todo, algo circular y bello se abre en el hecho de que un proyecto que nació sintiendo y pensando la muerte (Ars Moriendi) se ancle finalmente en el amor. ¿Existe un mejor puerto para asentarse? Borges dijo que una revista es un cúmulo de odio y de amor que compartimos. Yo lo comparto, ¿cómo podría no ser rabiosa y caótica la unión de odio y amor? Son todos ingredientes de una revista. Creo, además, que de la idea de caos —que contiene a la de génesis— se desprenden todas las posibilidades de la existencia, del trayecto. El caos que precede a la vida y el que la vida contiene en sí misma: la muerte. Vida que es muerte porque es amor, y en la que nosotros descubrimos ser plumas y pinceles bañados de la tinta espesa de Eros.