Vol. XXIII. Ataraxia: tallar el equilibrio

Gonzalo aguirre contraportada

De la radiografía de la angustia pasamos a la absoluta serenidad de la ataraxia. ¿Qué es eso? Aún no lo sabemos. En este volumen, Periplo toma el riesgo de inventarse un puerto de atraque en algún sitio inhóspito en la extensión del mar o del desierto. No vistas suficientes torres epistemológicas en el océano del saber, esta tripulación decidió en este número levantar la suya propia y proponer un concepto que aúne complejidades variopintas del espíritu humano. Con ataraxia hacemos referencia a un estado mental desde el cual se produce pensamiento y creación artística, es decir, desde el cual se parte y hacia el cual se llega.

Dentro de la ruta emocional que Periplo ha ido trazando este año, entendemos la escala en la ataraxia como una alusión no a la pasividad sino a una asimilación ecuánime del mundo y del cuerpo. Un virtuosismo emocional. Descenso intelectual y voluntario de las pasiones que afligen, el estado ataráxico apela a una serenidad que sirve de base para la reflexión y que es resultado de una agitación emocional más organizada. La meditación como eje y plataforma. La virtud del equilibrio está en el epicentro de esta forma de estar-en-el-mundo que evita la asunción de categorías absolutas y aborda el conocimiento, las artes y la historia, con la linterna de la duda.

En nuestro esfuerzo por descifrar las claves de una escritura ataráxica, aprovechamos la escala en este puerto para entrevistar al traductor de Cees Noteboom, Fernando García de la Banda. Desde nuestra Gavia, nos adentramos en los silencios de la cábala judía y nuestro Caleidoscopio puso aprueba la correspondencia analógica. En el apacible calor de la creación, los Legados de Periplo recuerdan al compositor Erik Satie y las Lenguas vivas rescatan al poeta Lorand Gaspar. Arde, pues, en calma, nuestra tripulación de plumas y pinceles.

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