Año II. Volumen XI. Octubre 2011. Geopoéticas: espacios de sentido

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La conquista del espacio es una de las tareas más trascendentes del ser humano. En ella se construye el hábitat, se delimitan las zonas de seguridad y riesgo y se erige el arraigo identitario, el pensamiento. Nos construimos en ese espacio que moramos pero también en la demarcación del lugar mismo. El mapa es así una proyección más de la configuración humana del mundo. Para ello creamos instrumentos y dimensiones que nos procuran una medición del universo: categorías, como delante, detrás, dice Aristóteles, son elaboradas por un observador pasivo.

Lo ultraterreno es, por excelencia, el lugar de pertenencia del periplo. Es por eso que nuestro diario de navegación nos llevó a reflexionar sobre el espacio. Ese lugar en el que estamos instalados o, por qué no, el territorio donde queremos establecernos. Periplo se abre en sus fachadas marítimas y continentales de belleza geográfica: ¿Qué simboliza el espacio para nosotros? ¿Cómo nos identifica? ¿Cómo se originan? ¿Existen o son pura ilusión de arraigo? De algo estamos seguros, los espacios comienzan con palabras. Describir un territorio es nombrarlo, darle vida.

Fernando Aínsa dejó escrito que la intencionalidad del sujeto define la objetividad de las cosas, y así, toda la descripción del espacio. Todo define inscripciones humanas que clasifican cada asentamiento social. El espacio no es nunca neutro. Desde lo más íntimo: el dormitorio, el sótano, la casa, hasta lo más externo: aquellos escenarios inconmensurables, jardines, ciudades, desiertos, llanuras… Y viceversa, desde afuera hacia adentro, la morada del ser. La palabra.

Habitar, pertenecer, establecerse, como diría George Perec: “Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible por no golpearse”. Un barco en el mar, una marca en un mapa. Right place in the right. Un punto, cualquiera que sea, basta para un estallido.

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